Por: Andrea
Cáceres, 803 j.m.
Érase
una vez una preciosa muchacha llamada Estefanía, hija del rey de una tribu
africana.
A
unos kilómetros de su hogar había un lago muy famoso en toda la comarca porque
en él se escondía un terrible monstruo que, según se contaba, devoraba a todo
aquel que merodeaba por allí.
Nadie,
ni de día ni de noche, osaba acercarse a muchos metros a la redonda de ese
lugar. Estefanía, en cambio, valiente y curiosa por naturaleza, estaba deseando
conocer el aspecto de ese monstruo que tanto miedo daba a la gente.
Un
año llegó el otoño y con él tantas lluvias, que toda la región se inundó.
Muchos hogares se vinieron abajo y los cultivos fueron devorados por las aguas.
La joven Estefanía pensó que quizá el monstruo tendría una solución a tanta
desgracia y pidió permiso a sus padres para ir a hablar con él. Aterrorizados,
no sólo se negaron, sino que le prohibieron terminantemente que se alejara de
la casa.
Pero
no hubo manera; Estefanía, además de valiente, era terca y decidida, así que
reunió a todas las chicas del pueblo y juntas partieron en busca del monstruo.
La hija del rey dirigió la comitiva a paso rápido, y justo cuando el sol estaba
más alto en el cielo, el grupo de muchachas llegó al lago.
En
apariencia todo estaba muy tranquilo y el lugar les parecía encantador. Se
respiraba aire puro y el agua transparente dejaba ver el fondo de piedras y
arena blanca. La caminata había sido dura y el calor intenso, así que nada les
apetecía más que darse un buen chapuzón. Entre risas, se quitaron la ropa, las
sandalias y las joyas, y se tiraron de cabeza. Durante un buen rato,
nadaron, bucearon y jugaron a salpicarse unas a otras. Tan entretenidas estaban
que no se dieron cuenta de que el monstruo, sigilosamente, se había acercado a
la orilla por otro lado y les había robado todas sus pertenencias.
Cuando
la primera de las muchachas salió del agua para vestirse, no encontró su ropa y
avisó a todas las demás de lo que había sucedido. Asustadísimas
comenzaron a gritar y a preguntarse qué podían hacer ¡No podían volver desnudas
al pueblo!
Se
acercaron al lago y, en fila, comenzaron a llamar al monstruo. Entre llantos,
le rogaron que les devolviera la ropa. Todas menos Estefanía, que cómo hija del
rey, se negaba a humillarse y a suplicar nada de nada.
El
monstruo escuchó las peticiones y, asomando la cabeza, comenzó a escupir
prendas, anillos y pulseras, que las chicas recogieron rápidamente. Devolvió
todo lo que había robado excepto las cosas de la orgullosa Estefanía. Las
chicas querían volver, pero ella seguía negándose a implorar y se quedó
inmóvil, en la orilla, mirando al lago. Su actitud consiguió enfadar al
monstruo que, en un arrebato de ira, salió inesperadamente del lago y de un
bocado se la tragó.
Todas
las jovencitas volvieron a chillar presas del pánico y corrieron al pueblo para
contar al rey lo que había sucedido. Destrozado por la pena, decidió actuar:
reclutó a su ejército y lo envió al lago para acabar con el horrible ser que se
había comido a su niña.
Cuando
los soldados llegaron armados hasta los dientes, el monstruo se dio cuenta de
sus intenciones y se enfureció todavía más. A manotazos, empezó a atrapar
hombres de dos en dos y a comérselos sin darles tiempo a huir. Uno delgaducho y
muy hábil se zafó de sus garras, pero el monstruo le persiguió sin descanso
hasta que, casualmente, llegó a la casa del rey. Para entonces, de tanto comer,
su cuerpo se había transformado en una bola descomunal que parecía a punto
de explotar.
El
monarca, muy hábil con el manejo de las armas, sospechó que su hija y los
soldados todavía podrían estar vivos dentro de la enorme barriga, y sin dudarlo
ni un segundo, comenzó a disparar flechas a su ombligo. Le hizo tantos agujeros
que parecía un colador. Por el más grande, fueron saliendo uno a uno todos los
hombres que habían sido engullidos por la fiera. La última en aparecer ante sus
ojos, sana y salva, fue su preciosa hija.
El
malvado monstruo dejó de respirar y todos agradecieron a Estefanía, su
valentía. Gracias a su orgullo y tozudez, habían conseguido acabar con él para
siempre.